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LEYENDA DE NANAHUATZIN

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Tomado del libro HIJOS DE LA PRIMAVERA: VIDA Y PALABRAS DE LOS INDIOS DE AMÉRICA, F.C.E. México, 1994, pág. 98

Los antiguos mexicas creían que alguna vez la Luna había brillado tanto como el Sol, pero que luego fue castigada. Ésta es la historia que contaban los viejos sobre el nacimiento del Sol y la Luna.

Antes de que hubiese día en el mundo, cuando aún era de noche, se juntarón todos los dioses en Teotihuacan, su ciudad, y se sentaron formando un círculo.
-¿Quién se encargar de alumbrar al mundo? -preguntaron.
Entonces Tecuciztécatl, que era muy rico y muy bien vestido, se puso de pie. -Yo tomo el cargo de alumbrar el muno -dijo.
-¿Quién ser el otro? -preguntaron los dioses.
Pero nadie respondió, nadie quería tomar la carga. Uno a uno fueron bajando la cabeza hasta que sólo quedó el último, un dios pobre y feo, lleno de bubas y llagas, que se llamaba Nanahuatzin. -Alumbra tu, bubosito -le dijeron.
-Así será -respondió Nanahuatzin mientras bajaban la cabeza. -Aceptó sus órdenes como un gran honor.
Antes de poder convertirse en soles para alumbrar el mundo, los dos dioses tenían que hacer regalos y ofrendas. Para ello les construyeron dos gigantescos templos en forma de pirámide que aún ahora se pueden ver en Teotihuacan. Cada uno se sentó arriba de su pirámide y estuvo ahí cuatro días, sin comer ni dormir. Tecuciztécatl ofreció plumas hermosas de color azul y roj, piedras de oro y espinas rojas de coral de mar. Nanahuatzin no pudo regalar nada tan hermoso; en vez de plumas ofreció yerbas atadas entre si, ofrendó pelotas de heno en lugar de pelotas de oro y regaló espinas de maguey pintadas de rojo con su propia sangre. Mientras los dos dioses hacían penitencia, los otros prendieron una inmensa fogata en, la cumbre de otro templo.

Cuando terminó su penitencia, Nanahuatzin y Tecuciztécatl arrojaron al aire las cosas que habían ofrendado y bajaron de sus templos. Poco antes de la medianoche los otros dioses los vistieron para que se arrojaran al fuego. Tecuciztécatl se puso prendas de fina tela y un tocado de plumas; Nanahuatzin iba vestido con un maxtlatl y un tocado de papel. Era el momento esperado. Todos los dioses se sentaron alrededor de la inmensa fogata y Nanahuatzin y tecuciztécatl se acercaron cada uno por su lado.
-Tecuciztécatl, brinca tu primero -ordenarón los dioses.
Tecuciztécatl se aproximo al fuego con paso firme, pero se detuvo cuando vio las inmensas llamas y sintió el calor abrasador. Otra vez volvió a intentarlo, pero tampoco pudo arrojarse a la fogata. Los dioses lo contemplaron en silencio hasta que hizo su cuarto intento. Entonces lo detuvieron. -Ningún dios puede hacer más de cuatro intentos. Has perdido ¡Qué venga Nanahuatzin!
El buboso caminó rapidamente y se arrojo al fuego sin detenerse un instante. Entonces el fuego comenzó a sonar y rechinar. En cuanto lo vio entrar a las llamas. Tecuciztécatl sintió envidia que corrió tras él y se arrojó a su lado. Detrás de ellos entraron un águila y un tigre. Desde entonces esos animales tienenmanchas negras en las plumas y en la piel.
Después de que Nanahuatzin y Tecuciztécatl se quemaron en el fuego, los dioses se sentaron a esperar que saliera el sol. Cuando el cielo se iluminó de color rojo, como se iluminaba al alba, los dioses se pusieron de rodillas para saludar al nuevo astro. No sabían bien por cuál rumbo había de aparecer. Unos decían que por el Norte, otros por el Sur. Sólo el dios Ehécatl, el señor del viento, supo que el sol debía aparecer por el ste y se arrodilló en esa dirección.
Cuando salió el sol, que era Nanahuatzin, se veía muy colorado, parecía que se contoneaba de una parte a otra. Brillaba tanto que nadie lo podía mirar directamente. Pero poco después apareció la Luna, que era Tecuciztécatl, que brillaba tanto como él y tenía el mismo replandor rojo. Cuando los dioses vieron a los astros juntos dijeron: -¡Oh dioses! ¿Cómo es esto? ¿Será bien que vayan ambos a la par? ¿erá bien que igualmente alumbren?
Entonces uno de ellos corrió hacia la luna y le arrojó un conejo. El conejo cayó en la cara de la Luna y apagó su brillo. Por eso la luna ahora es menos brillante que el sol y tiene un conejo marcado con todo y sus orejas en el centor de su rostro. Los dioses quedaron tranquilos, pues el único Sol debía ser Nanahuatzin, que se había arrojado primero al fuego.....

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